domingo, septiembre 07, 2008

UN BENEFICIO ESCASO

Un día, un herrero forjador de aceros y restaurador de armas, para llenar un poco más su escasa bolsa de beneficios, decidió comprar y vender todo tipo de armas de fuego.
Con la intención de conseguir dos nuevos clientes, aceptó la invitación de un grupo de cazadores, para tomar parte en un partida de caza mayor, de jabalí concretamente. Con esa intención y decidido a cerrar la venta, prestó una escopeta de dos cañones, a los miembros del conocido coto.
El hombre serio y responsable, les aseguró que, aunque las armas parecían usadas, ambas gozaban de una gran precisión. Algunos de los presentes se mostraron dudosos, pues la apariencia de las escopetas no les pareció nueva en demasía.
Sea como fuere, una fría mañana del mes de Octubre cuando se abrió la veda, se inició la primera tentativa de lo que ellos llamaban el “acecho.” El herrero en su puesto, situado al final de una larga y estrecha senda cercana a una cañada, sin ninguna clase de interés por la cacería, solamente esperaba el retenido retumbar de los disparos, como testimonio del buen funcionamiento de las mencionadas armas.
En tanto que seguía esperando, mordido ya por la impaciencia, llenando la atronadora montaña para sorprenderle, retronaron los primeros tiros. Poco más tarde cuando inesperadamente, el torvisco que le rodeaba se desguazó, apareció ante él un enorme jabalí, envuelto en una hiriente barahúnda.
Ante el furioso animal logró zafarse con tanta suerte, que consiguió encaramarse a una de las recias ramas de un pino cercano. En tanto que por motivos de seguridad personal, su otra arma permanecía apoyada al pié del rugoso árbol, la bestia atizó el tronco, hasta el extremo de marcar un claro navajazo mientras el esmuñido, sufría el balanceo del pino sin apartar la asustada mirada del envite fragoroso del corpulento y negro macho herido, el cual rodeaba la cepa de puro cuajo, un metro más abajo.
¡ Boom ! – oyó – al tiempo que la seca pinocha – le cubría toda la cabeza.
¿Qué había pasado ?- se preguntó. Pues que el jabalí con una `pata, había pisado sobre uno
de los gatillos de la segunda escopeta la cual, hasta ese momento, seguía apoyada sobre el tronco del árbol.
Después, rodeados de un ruidoso tropel de compañeros y perros que huyeron en persecución del cerdo salvaje, se hicieron presentes tres cazadores. Enseguida, se descolgó el herrero de la cimbreante rama, al tiempo que el grupo de recién llegados dieron en descubrir la sangre que le cubría la espalda.
.-- ¿ Qué ha pasado ? – preguntó, no sin sorpresa -el más próximo.
-- Nada... dijo el herrero - me ha disparado el jabalí...
--¡ No me fastidies !
--Ya os lo dije, la escopetas son de calidad – habló el forjador. Descreídos, aquí tenéis la prueba señaló - mientras mostraba la ensangrentada espalda.
Al día siguiente, un cazador de otra asociación de cazadores, le preguntó: ¿Qué, has vendido bien las escopetas ?
--, No demasiado. Menos mal que acerté...cuando... se me ocurrió cambiar los cartuchos de posta.


Robert Bores Luís
P. de A.-14-11-97
De “ Mis cuentos rurales “

domingo, agosto 31, 2008

QUIÉREME

Llévame contigo
en tu recuerdo.
En tu manera de ser
lleva la mía.
Eleva tu alma a Dios
y quiéreme.
El día aciago
en que mi muerte llegue,
cese pues mi vivir
si no te siento,
si no beso
tus labios encendidos
cuando, al mirarme
en tus ojos ;
en ellos no me mire.
Robert Bores Luís
14-05-1998
De mi libro “Amor, existencia y muerte”

domingo, agosto 10, 2008

ESCRITOR

El escritor, ese mono que aprendió a escribir pensando en hacerse adulto, creyó que solo el, era capaz de transcribir sus íntimas vivencias. Vivencias, pensó en su animalidad, de uso exclusivo; de su exclusivo ingenio o sentimiento.
Afortunadamente, otro mono, pensando también en hacerse adulto, aprendió a leer; para reclamar ingenio y sentimiento como propios.
El mono escritor sigue considerando de su exclusiva propiedad sus vivencias íntimas – sus íntimas vivencias – todavía hoy. Virgilio, Horacio y, muchos más fueron adultos también.
Al escritor, mono adulto, le gusta recordar la primera octavilla de cuando se sintió poeta; su primer;

PAISAJE

El trigal erecto, inmenso.
Se confunde el horizonte
El aire, con su sinsonte,
ventea añoso abedul.
Las nubes en su descenso
forman marco con acierto.
Un sol, de brillo entreabierto
se pierde; en el cielo azul.

En el transcurso del tiempo el escritor siente con melancolía, que no le queda espacio para escribir cuanto quisiera escribir. La pluma férrea de su imaginación, se le dobla y deforma sobre la desnuda y fría cuartilla, de sus evocaciones. Evocaciones de dramático pulso al intentar vaciar sobre ella, su alma pletórica de humilde sinceridad.
Escritor. Escritor y caminante perpetuo, con la esperanza de encontrar la posada incierta de su alma gemela y tibia, de su desconocido lector. Posada íntima en lugar ignorado donde pernoctan, a veces dormidos, contradictorios a veces, de dolorosos recuerdos casi siempre, los fantasmas de los sentimientos personales, de los que intenta distanciarse en vano.
El escritor ya viejo, incrédulo ya, cansado de tanta necedad, de tanto camino, espera, - el escritor no se cansa nunca de esperar - , los ojos desconocidos, anónimos, soñolientos acaso, del amable lector.
¡ Escribe ¡, le dicta su desconocida musa; no temas escribir para abrir brecha entre tantos libros lobos como hay. Y el escritor, así aleccionado ¡ qué escritor osaría desoír a su musa ¡ llena el papel de versos, cuentos, ensayos y relatos con sus ensoñaciones más intensas. ¡Escribe ¡.
Háblales del odio duro y seco, del amor que lo llena todo, de la plácida belleza del alma, de la codicia que a tantos embrutece, del temor a la muerte, que a tantos paraliza el ánimo, del propio miedo turbador, de la amistad que conforta, la bondad que enternece, la mentira despiadada...
¡ Escribe ¡ .Escribe sobre la verdad descarnada que nos molesta a todos, la emoción de la esperanza, la envidia que corroe, la ignorancia feliz, el vicio contumaz, la ética voluble, la moral impía, la libertad imposible.
Y ell escritor escribe, escribe hasta que, un día, la vida sobre el papel, se le queda atrás al escritor; en un otoño amable, castaño, de hojas secas.

Robert Bores Luís
P de A. 28-10-1994

ATARDECER

Se me hizo presente el final de una tarde de verano que luego de una larga jornada laboral, me había obligado a pasear por las calles de Barcelona mi estimada ciudad. Por esas calles ensordecidas como resultado del progreso y las actividades mundanas. Sin prisa, sin ninguna intención de detenerme, ni tan siquiera para tomar en un bar una bebida refrescante y mucho menos para leer un diario que no había tenido ocasión de leer en todo el santo día, hasta llegar a la parada del autobús de la misma Diagonal Fue un encuentro casual e inesperado que se produjo cuando empezaba un lento paseo por la corta calle de Tuset. Después de tantos años desde que dejé de ser su alumno de séptimo de Bachillerato, su figura, no daba muestras de haber cambiado su majestad estática.
No se sorprendió al verme. Me pareció increíble que me reconociera, después del largo tiempo transcurrido, y todavía más, que siguiera manteniendo aquella actitud de suficiencia ante mi presencia de cabellos encanecidos, como si el recuerdo siguiera estando presente sin ocultar ni uno de los aspectos alegres de la pubertad del recordado momento en que fui su alumno.
No se sorprendió, bien que plantada ante mí como una especie de sufridora determinante que espera no se qué o a no se quién, continuó observándome impávida e inalterable. Intenté rememorar aquellos tiempos de nuestra juventud pero me demostró sin paliativos que no era el momento apropiado.
Todavía seguía siendo bella si bien su imagen ya lucía unas pequeñas arrugas. El paso del tiempo no nos perdona cuando recubre la ilusión la patina de la soledad. Yo seguía queriendo recordar aquellos tiempos y circunstancias vividos en el Instituto, cuando ella era mi profesora de Historia, decidida a no perder su autoridad frente a unos niños de diecisiete años, impresionados por su escultural presencia femenina.
Me parece recordar que todos la amábamos, cada uno a su manera, unos por su cultura, los más por su belleza,- en aquel entonces era también muy joven- los más por un deseo carnal incomprensible e indeterminado que, sin saberlo les despertaba el desconocido fuego de su sangre joven.
Ahora, como siempre, aparecía plena de seguridad, una seguridad alejada, firme, decidida a afrontar el peligro que inesperado, surge de las esquinas todas las noches.
En ese preciso instante, perdido en mis recuerdos de estudiante, su mirada me obliga a sentir un incomprensible y a la vez frío menosprecio. ¡ Vete niño ¡- me pareció oír dentro de mí – “estoy esperando a un hombre “. Y todo sin palabras, lo dijo con su fría mirada.
No esperaba eso Yo no pretendía nada. Me recreaba en los mil recuerdos de mi lejana época de estudiante. Unos recuerdos nítidos colmados de una admiración sin límites. Puede ser, pensé, que la vida no la haya tratado demasiado bien. Que haya perdido parte de la fe en la entereza de su propia estima. No lo entendí, aunque pensé que la dureza de la vida nos hace cambiar a todos nuestro concepto del sentido de la esperanza. Lo que estaba meridianamente claro, era que aquel momento, no era nada apropiado.
Luego de un impensado deseo de no despedida, seguí caminando lentamente hacia el autobús de la línea siete en la mencionada Diagonal. Más tarde, unos segundos más tarde, un frenazo violento me despertó de mis recuerdos. La atropellada era ella, estaba magullada, pero estaba viva. De nuevo las circunstancias de aquel, para mí, encuentro jubiloso, no habían sido las más apropiadas
El hombre, o la mujer, caminando solos entre miradas saben que pueden perderse , pero rara vez aciertan con la esquina.


robertboresluis@hotmail.com

domingo, agosto 03, 2008

LA MÁQUINA

Como podía esperarse, la técnica, esa conocida maravilla del progreso humano, sigue deparándonos su inmediata utilidad, pero al mismo tiempo, extravagantes sorpresas.
Hasta ayer mismo, disponíamos de topo tipo de artefactos los cuales, excepto las máquinas para matar, han sido creadas para hacernos más soportable la vida.
Como podíamos esperar, repito, el mono de la inmediatez de nuestros días, luego de haber anteriormente empleado los utensilios del goce manual más simple y solitario se ha topado, con la ayuda del ordenador, con la máquina de la “fellatio”. Con la cantidad de problemas personales y de vivencia que el llamado ser humano lleva arrastrando a lo largo de su existencia, me permito pensar que ha de ser un completo éxito.
Señoras y señores “ ha llegado el descafeinado “. Ahora si que podemos olvidarnos y prescindir de dos mil años de nuestra pretendida civilización. La vida cotidiana, la miseria de vivir, si deseamos decirlo así, es bien sencilla.
Usted, amable lector, puede encontrarse en el mercado una mañana y tener la ocasión de oír y escuchar cosas insospechadas. En el referido teatro, en esta representación, aparecen dos empleadas de la misma pescadería, deshaciéndose en improperios, se supone en contra, de una tercera y desconocida fémina.
Pues resulta que, en el momento en que una de las empleadas deposita un bolsa de plástico colmada de restos, en el fondo del contenedor, una de ellas, ha descubierto una berenjena embutida en un preservativo. De color rosa, eso sí; “relata refero “Es una historia que usted podía haber oído mientras compraba un manojo de ajos, o cualquier otra cosa, incluidas todas las pequeñas e inesperadas ausencias de los componentes precisados al cocinar su plato preferido.
Ángel Silesius, el autor de las Poesías Espirituales, escritas alrededor del año mil seis cientos, ya nos lo dijo “ la más grande de las maravillas de la vida es indudablemente el hombre. El puede ser, según lo que haga, dios o demonio. ¿Implicaciones morales ?. Todas las que ustedes quieran.
Quiero seguir pensando que, LA MUJER, en mayúscula, seguirá con todo y a pesar de todo, siendo la más grande maravilla de esta vida. In-du-da-ble-men-te. Acaso es comparable a una máquina, la ternura del corazón que se refleja en la dulce mirada de unos ojos?
Ni amor, ni técnica. Frustración; y...nada más. Huída, por si acaso...

Robert Bores y Luis
P.de A. De- Mis reflexiones-
21-05-96

EL VISITANTE

Se había perdido. Volvió a consultar el plano de carreteras con la intención de descifrar el solitario lugar en donde se encontraba. Pensó en retroceder, en volver para atrás, pero ante el cansancio que sentía y la oscuridad de aquella hora tardía, decidió esperar hasta la llegada del nuevo día.Luego de reposar toda la noche, se incorporó entumecido. Abandonó el automóvil. A su espalda se alzaba un viejo y, en parte, desmoronado castillo. Decidido a conocer si alguna persona se encontraba en la fortificación, cruzó un verde prado, hasta llegar por un estrecho camino, hasta la entrada de la antigua fortificación. Sin intención de golpear la puerta, los herrumbrosos goznes de la pesada madera, crujieron lentos y sorpresivos, hasta permitir su entrada en el amplio interior.Antes de traspasar el húmedo umbral, el ocasional visitante dudó por un momento, hasta conseguir dominar el temeroso sentimiento que le atenazaba. En el interior un cegador resplandor, terminó por forzar su curiosidad, una inesperada curiosidad, que precipitó su entrada en la grandiosidad de la desconocida estancia. La puerta, detrás de sus espaldas, terminó por cerrarse lentamente.Fue entonces cuando pudo ver, una pantalla electrónica gigante encendida, desafiante, cegadora. Escudos, armaduras, espadas y leyendas, se hicieron presentes. Desde la pantalla, rozando la banda derecha, colgaba un pendón rojo “ Visitante pobre bueno, pero inculto no “, se permitió leer en las sabias palabras escritas en oro.Delante de la misma pantalla, hay una redonda mesa de madera. Situado en el centro del gigantesco diámetro, se destaca un monitor con su negro teclado. Está conectado, cuando en el centro de la brillante pantalla, el visitante, puede leer: ACRÓSTICO : EH CREMA. Como instrucciones en el monitor, se puede leer; Acróstico, no se abrirá, la puerta de este Castillo, sin descifrarlo. Por cada error, desde la base inferior de esta pantalla gigante, se disparará una flecha envenenada. “ Suerte “El asustado visitante observa a su alrededor, mientras el silencio, se hace más estremecedor. No hay nadie, tendría que ver a alguien, pero termina convencido de que, ante el impensado y escalofriante reto, nadie le ayudará. Sobre la mesa, cercano al monitor, hay un pergamino, y un tintero junto a una larga y coloreada pluma de ave.En el pergamino aparece escrita una palabra. El trazo de la escritura es caótico, muestra evidente de que con anterioridad, más de uno, ha intentado resolver aquel extraño acróstico. La primera línea dice; EH CREMA. La segunda HER-MECA.El visitante se sienta en la butaca, en el centro ovalado de la expansiva soledad de la mesa interminable, cuando empieza por leer las dos líneas. Abandona la rústica butaca de repente, mira detrás de ella, esperando encontrar una flecha, bajo la sombra de la gran mesa. No encuentra ninguna, en la madera de los muebles cercanos, no hay señal alguna. Atemorizado por el pánico grita – ¡ un cadáver ¡- pero no lo ha encontrado todavía. Toma el yelmo de una armadura, se protege la cabeza, para reposar sobre la butaca de nuevo. Las dos palabras siguen parpadeando en la luminosa pantalla... y escribe; HER-MACE...y de repente...¡ zoom ¡ la primera flecha...¡bang! el estrépito en el yelmo. El ensordecido jugador descubre su cabeza, deposita el pesado yelmo sobre la mesa, y se alza en un intento de vana huida, para pasear por el inmenso salón, sin dejar de pensar en el maldito acróstico.Inesperadamente, en un rincón oscuro, descubre un gramófono, como olvidado, no obstante que sobre aquel, no aparece ninguna mancha de polvo. Lo hace funcionar. Deja caer la aguja al principio del disco. El disco vuelve a girar, desde el principio, “guar - da il ma - re co - m´é bel - lo “ se oye cantar al tenor. ¡ Sí, el mar !... el mar, se había perdido en un carretera sobre las rocas del mar.La aguja sigue girando sobre el disco brillante. El cantante se escucha melodioso, mientras canta: “ e tu di – ci”io par - to ad - di - o Tàl - lon – ta - ni dal mio co - re, ques – ta ter - ra dell´ a – mo -re, hai la for - za di la - sciar...” En ese momento, la pantalla, vuelve a parpadearTe quieres ir.¡ Puedes irte.! Interpreta el visitante envuelto en su desesperación. ¡ Tienes la clave para marcharte ! El agobiado corre hacia el monitor, toma la pluma de ave, y escribe: Primera línea, EH CREMA. Segunda línea HA CEMER. Tercera línea CHE MARE. El En el teclado, el visitante acierta a escribir, CHE MARE. El monitor parpadea, segunda, CHE MARE, tercera CHE MARE. El gramófono se dispara...” Tor -na a Sur – rien - to non far - mi mo - rir “ La pantalla gigante vuelve a lucir, cuando con un seco roce lento y sonoro, comienza a abrirse la puerta. Detrás de ella, estalla el sol. El visitante huye alocado y al cerrarse la puerta de nuevo, no puede contener las lágrimas. Le llora la conciencia de un hombre nacido con cien años. El viaje a Italia, lo recordará; por siempre y para siempre. Dentro del castillo, la voz del gramófono, potente y bien melodiosa, seguía sonando..”.non far - mi mo - rir ¡....Qué bella, qué triste melodía, seguía repitiéndose en su feliz huida, aquel culto visitante...
Robert Bores y Luís
P. de A.11-10-1996 De- Mis cuentos-

LA CLASE DE ETICA Y LA CABELLERA DE CRISTO

Desde muchos años, en el interior del aula escéptica y exageradamente fría de la escuela, se instruía a las alumnas sobre la asignatura de Religión. La hermana Concepción de la Virgen María, la profesora titular, seguía mostrándose ante ellas, como aparecía de costumbre; seca e implacable.Sus jóvenes alumnas, de edades comprendidas entre los trece y los quince años, se mostraban, con raras excepciones, en el mismo tono y tesitura, imagen y apariencia.Las jovencitas asistentes a las clases, ya se habían convertido en mujeres, a pesar de que para la hermana Concepción, y solamente para ella, seguían siendo las niñas del curso anterior. Las mismas niñas de antes de la pubertad, sin fuerza ni convencimiento, no digo para imponer su particular punto de vista, algo que podía haber resultado temerario delante de Sor Concepción, ni tan siquiera para intentarlo.Las mujercitas permanecían expectantes. Las drogas y la problemática moral que las envuelve y El latrocinio, y para Sor Concepción, la innombrable prostitución que las une.La hermana Sor Concepción de la Virgen María, la profesora, fue describiendo gráfica y ampliamente, la figura del presunto violador, no solamente de la Ley, , desraizado de la Sociedad, , sucio de alma, repugnante de cuerpo, con la cabellera larga y sucia.Cuando refirió la muerte, producida por su propio hijo, de unos padres que en una ocasión se negaron a facilitarle dinero para la compra de drogas, unas pocas alumnas, no pudieron evitar mostrar sus ojos humedecidos por las lágrimas.Pues tened cuidado, seguía enfatizando la monja mientras fijaba sus fríos ojos en tres de sus alumnas, aquellas que os dejáis acompañar por esa tribu de melenudos. Ante su determinante y encendido monólogo no se permitió ningún resquicio que propiciara una hipotética objeción; es bien cierto. Pero una niña llamada Vanessa, las más cualificada de aquellas tres señaladas por la fría mirada de la profesora, sin demasiada convicción, es cierto, se atrevió aquel infortunado día del mes Mayo, a preguntar:Sor Concepción pudo decir,luego de un leve intento por intervenir ¿Cristo no llevaba melena ? Luego de un corto y frío silencio, aquella inocente niña pudo comprender de qué manera, había logrado el suspenso más significativo de su vida escolar en secundaria.
Rober Bores y Luís 5-07-96

jueves, julio 17, 2008

VOCABULARIO, EN, BROMA ,DE, UN, DICCIONARIO, DIARIO

ANEMIA: Decisión extremadamente lenta que tomamos, cuando no deseamos ir acompañados, hacia un lugar previamente determinado.
BOMBILLA (de bajo consumo) : Especie de artilugio de cristal que una vez reduce el consumo de kws hace que la Cía. de suministro eléctrico, suba las tarifas.
BUZON: Trasto de metal en la fachada el cual llena de papeles, quien quiere, cuando le da la gana: sobre todo con publicidad.
CAMARA-DAM: Componente, integrante de un numeroso conjunto de colegas muy ilustrados, que en lugar de botellón, se han pasado a la cerveza Dam.
COIN-CIDENCIA; Intento osado por introducir cualquier moneda en la máquina tragaperras.
CRISTALERA: Puerta o ventana de cristal que puedes romper sin ningún problema si la rueda derecha ( o la izquierda) de tu coche, pisa una piedra en dirección perpendicular, a la fachada más cercana.
DIÓ-GENES: Antiguo a.t.s., del cual se piensa que fue propenso a la fecundación asistida.
ESTATUTO: Conjunto de normas propuestas a un estado central, las cuales sin ser aprobadas por nadie, han sido exigidas por otras comunidades autónomas. Y como no; aprobadas.
FUTBOLISTA: Atleta capaz de dar dos vueltas de campana luego de marcar gol desde fuera del área, pero incapaz muchas veces, de marcar un gol de penalty.
GENIO: Hombre al que, del buzón, se le han desprendido las letras EU.
HIPER-TENSO: Supermercado lleno hasta los topes, un viernes por la tarde.
INVOLU-CINISMO. Tendencia dirigida al incremento y desarrollo de un proceso de cinismo que, un consorcio, un ayuntamiento o bien un grupo financiero, se empeña en negar, a pesar de que todo el mundo, lo ha oído en los telediarios.
I.R.P.F.: resumen de un IPC que, al final del año, te ha restado una paga.
MEA-PINOS: Conductor de automóvil que siempre prefiere las carreteras comarcales, antes que cualquier autopista, no por nada especial; por los pinos.
MES-ENTERIO: Mes que se hace económicamente difícil e interminable.
NACIDO: Bebé que viene a la vida y su intención no ha sido.
ORDENADOR: Aparato electrónico de sobremesa que permite a un ignorante escribir un email sin necesidad de conocimientos gramaticales y mucho menos ortográficos.
PENSANTE: Especie de hombre de tendencia economicista, que solo piensa en color amarillo.
POLITICO: Gestor incapaz de encontrar soluciones pero capaz de solucionar toda clase de problemas, a niveles aparentemente equitativos.
PORTA-NUEVAS: Amigo que se hace presente en tu casa, acompañado de otro amigo común, desde que te regaló una botella de Chivas Regal, el día de tu onomástica.
PUTADA: Acción de la rabiza que se dedica a la prostitución por que no tiene trabajo, pero que no da el callo; nunca..
QUO VADIS : Qué mal te sienta el agua chico, anda que...
REBAÑO: Conjunto de animales de la misma especie que se crían y pastan unidos, especialmente si son bien bestias.
SALIDA: Lugar estratégico de paso obligado, para los que entran...
TOME POR: Spot publicitario enmascarado en las Ferias de los pueblos a fin de hacer crecer la venta de calzoncillos, bragas, tangas y bañadores.
TRANS-CURSO: Tramo de una calle que no se termina nunca debido a las traviesas.
URBANIDAD: Concepto muy extraño, incapaz de evitar un giro a la izquierda, muy a pesar de que figure perfectamente indicado, por la señal de tráfico correspondiente.
VESTIGIO: Fundamento o realidad, que se puede encontrar en cualquier calle, de la celebración la noche anterior de un botellón, por la cantidad de cristales y otras olientes menudencias; propias de los llamados seres humanos.
XENO-FOBIA: Dolor inesperado que se sufre en la rodilla derecha o izquierda indistintamente.
YODO: conocido como elemento que se usa para desinfectar y para curar las glándulas, sin posterior seguridad de evitar una inesperada diarrea.
ZETA: Ultima letra del diccionario español que ha conseguido hacer famosa a la esposa de un conocido cineasta americano.

RobertBoresLuís
15-07-2008

EL JINETE DEL PERCHERON

En el caluroso recinto ganadero, polvo y calor, rodaban juntos. Mientras aguardaba la llegada de los dos personajes hasta ese momento desconocidos, un abejorro con un zumbido velocísimo que había de retornar por tres veces en un ensañado acercamiento, rozó su oreja. Sorbió otro poco de agua, cuando su vacío estómago aflojó la mordedura durante un segundo, sus ojos, se nublaron brevemente.
Luego de la dilatada espera, se le acercaron dos hombres; uno de ellos se protegía del sol con un viejo paraguas, por cuya negra tela asomaba una de las varillas totalmente aguda y solitaria. El otro, algo más viejo, vestía un raído y negro chaleco, brillante por debajo de conde se suponía deberían estar las solapas. Sobre el dedo anular de su mano derecha, un grueso sello de oro, atraía las miradas codiciosas de la gente a su alrededor.
La pareja de viejos, delante del muchacho y a prudente distancia, hablaron entre ellos sin alejar sus escrutadores ojos de la sudorosa figura del chico. Después de acercarse, el del paraguas, habló;
---,Buscas trabajo?- preguntó
---, Si, contestó el joven.
---, Te llamas Virgilio.?
--- Si, Virgilio.
Los adultos cruzaron sus miradas, sin dudar de la confirmación de las aseveraciones del chico, aceptando convencidos que se trataba de la persona que habían esperado encontrar.
---, Sabes montar ? – preguntó el del grueso anillo –
---, Si, he montado algo.
---, Por caminos de montaña ?- insistió el anillado.
---, Por todas partes.
---,Sígueme,- le indicó el del paraguas mientras volvía su inquisidora mirada hacia su compañero francés, que al momento asintió con un breve movimiento de cabeza. El chico les siguió hasta cobijarse los tres bajo las tablas de la supuesta terraza del chamizo que hacía las veces de bar.
---Tienes hambre ¡eh! Chico, habló el del chaleco negro, con su deje afrancesado ¡ nes´t pas !
A continuación, la pareja, tomó una pinta de cerveza, pues aparentemente, no tenían apetito. Virgilio intuía que, a pesar de su aspecto menesteroso, la presencia oronda y reposada, les confería una apariencia de gente adinerada. El grueso sello de la mano del francés, así lo confirmaba. Asimismo, su compañero, lucía una gruesa cadena de plata, la cual rodeaba su abultado estómago, para perderse en el bolsillo de la raída camisa. Sin duda, el reloj de plata también se alojaba allí – pensó.
Apareció el mozo del chamizo. Se hizo presente portando en una mano, un hondo plato de humeantes garbanzos bañados en salsa de tomate, mientras en la otra mano, una cazuela con hígado encebollado la cual, en un gesto de agradable sorpresa, dilató los ojos del hambriento Virgilio. La pareja sonrió con ironía ante el ansioso deglutir del muchacho, el cual les observaba en silencio, sonriendo a su vez, sin asomo de inhibición alguna.
Después de saciar su apetito, la pareja que le había esperado pacientemente, le indicaron que les siguiera. Caminaron sin prisas a lo largo de la polvorienta calle, hasta detenerse al final, ante un cercado de cuatro paredes de anchas y astilladas tablas. El hombre del paraguas escaló el lomo de un enorme percherón pié calzado de ancas carnosas y recias patas. El francés hizo lo mismo, saltando con una agilidad inusual en un hombre de su edad, sobre un caballo español castaño de largas crines. Virgilio cabalgó la tercera montura, una mula torda, alta, fuerte y nerviosa.
Se orientaron a poniente, mientras el sol sobre sus caras, les obligó a parpadear. Se alargaron en un trote alternativo, ora al paso, ora al trote de nuevo, sin querer permitir el galope que las monturas demandaban. El camino aparecía cada vez más estrecho. A medida que subían el piar de las bestias se sentía más sonoro y persistente. El percherón y el español comenzaban a sacar una blanca espuma por sus humedecidas bocas.
En el momento de llegar a un antiguo caserío escondido entre frondosos árboles dos robustos esbirros, como aparecidos de la nada, desprendieron en silencio de las monturas, las sillas con sus bridas y ceñidores. Para entonces ya había oscurecido sin que las voces ausentes intentaran alterar el seco silencio.
Sentados enfrente de espaciosa y ahumada negra chimenea, los dos que al llegar no habían necesitado demostrar ser los jefes, comenzaron a explicar al joven Virgilio, con toda clase de detalles, el trabajo que debía realizar al amanecer. Saldrás de madrugada con el percherón y la mula -sonó la voz afrancesada - Los sacos no hace falta que los toques. Cuando llegues arriba, señalando con un gesto de su mano derecha la posición de la montaña, - te los descargarán – Cuando te los hayan descargado – ya puedes volver – Cada día tendrás que hacer el mismo trayecto, ¿lo has entendido? – preguntó la segunda voz – Te pagaremos trescientos euros diarios por cada viaje. A Virgilio se le abrieron los ojos desmesuradamente, pero la oscuridad de estancia iluminada escasamente por el reflejo de las llamas de la chimenea, no le supuso ningún problema, aunque había temido ser mal interpretado por los traficantes, en el sentido de la generosidad de la compensación por una tarea, que en su fuero interno, le parecía un trabajo más que sencillo.
Después de una comedida cena, lo acomodaron al fondo de la caballeriza, justo al lado del pajar. A Virgilio envuelto en una vieja manta, le pareció entre sueños, que sobre el tejado de madera, alguien trajinaba hasta altas horas de la noche, bien que el mullido colchón de paja terminó por propiciarle un sueño confortable.
De madrugada, en el trasluz de la cuadra, la mula y el percherón cargados con sacos, mordían el hierro del bocado. Se levantó de un salto para salir afuera. El frío del amanecer se le filtró en los pulmones hasta aclararle su espeso y adormecido cerebro. Comenzaba a clarear. Uno de los fornidos, mientras el otro seguía sin articular palabra, le aconsejó que dejara ir al percherón hasta que se detuviera, en tanto que Virgilio, cabalgara la mula con menos peso. Solo tienes que dejar a la mula que siga al percherón, y dicho lo cual, le hizo entrega de una bolsa de piel de cabra, llena de víveres para hacer frente a larga travesía. El camino es largo, le insistió.
El joven jinete azuzó al caballo y de inmediato la mula detrás le siguió, atravesando la era por delante de la masía. Llegados al extremo, el caballote se encaminó por un estrecho sendero, arriba y más arriba, sin prisa, sin cansancio, con un esfuerzo mesurado, sin duda por el continuo entrenamiento de la noble bestia.
Durante cuatro horas, monturas, sacos y jinete, cruzaron bosques, lomas, y cañadas. Virgilio obligado a agacharse por debajo de las ramas, en más de cuatro ocasiones mientras apretaba las rodillas, para evitar una caída inoportuna. Los sacos suavemente, en numerosas ocasiones, cimbrearon. Cuando las cabalgaduras se detuvieron, de manera inesperada, se hicieron presentes dos individuos. Apostados uno al lado del otro, si bien el más joven, permanecía encaramado al árbol que protegía al primero. Descendió el de arriba inmediatamente con la intención de ayudar en la descarga de los sacos, en un acto apresurado y definitivo. Ça va ! solamente llegó a oír Virgilio sin tiempo de desmontar. Au revoir !
La mula giró la grupa, mientras al sorprendido Virgilio, le pareció oír un rumor, algo parecido a un lejano retumbar de un potente motor, un diesel o tal vez un tractor.
Algo más tarde, las bestias, abrevaron en un estrecho riachuelo. El ansioso muchacho, que no cesaba de preguntarse qué relación debía tener el retumbar de aquel lejano motor, con la rápida huida de los estibadores, de lo que pensó que debería ser la tan estimada y – para él, - desconocida carga, aprovechó para comer alguna cosa de entre los desconocidos alimentos que seguían dentro de la bolsa de piel. Hizo por sorber directamente de la botella de vino, cuando el caballote, casi le moja los pies por causa de la espatarrada y abundante necesidad fisiológica de aquel gran meón. Luego de saciar el hormigueo de su estómago, se montó en el percherón, cuando el esfuerzo le provocó un eructo grosero.
Al llegar a la masía ya había oscurecido, pero sin apreciar su silenciosa presencia cobijada entre las sombras, se topó de cara con los ocultos centinelas. De inmediato, sin preguntas ni respuestas, los celadores abrieron las puertas de la cuadra
A los dos viejos, durante largos meses, no volvió a verles. Virgilio siguió recorriendo su largo camino de montaña, para depositar cada vez más sacos, allí arriba. En una ocasión le pareció oír una explosión lejana, semejante a una detonación amortiguada que, al sentirla tan alejada de su ruta, no llegó a preocuparle.
En las noches que libraba, seguía contando el dinero que le pagaban sin dilación y diariamente, los dos ganapanes encargados de las cuadras y del llenado del desconocido, para Virgilio, contenido de los sacos. La bolsa de piel, algo menor que la de los víveres ya contenía más de sesenta mil pesetas. Junto a un chaleco negro sobre la espalda ya calzaba altas botas de montar. El próximo mes esperaba poder comprar un anillo de oro, como aquel tan grueso que lucía el francés.
Pasaron los días, y un atardecer, cuando terminaba de llegar a la cota más alta, ante su sorpresa, surgieron tres hombres de un bosque cercano. Allez ¡ Allez! - le gritaron – conminándole a huir, sin la posibilidad de montar el percherón cargado con los abultados sacos, cuando le pareció conocer al tercero más alejado. En tanto que huían, no pudo evitar sentir una sensación desconocida, muy desagradable, de un repentino estremecimiento de peligro inmediato. Algo silbó cerca de su cabeza, algo parecido a aquel abejorro que, encarnizado, se le había acercado el día que conoció a los dos viejos, pero todavía más ruidoso. Las cabalgaduras, instigadas por su instinto natural, huyeron con un nervioso trote.
Horas más tarde, en el momento de llegar a la casona, los vigilantes le llevaron a la presencia del francés. Este, que yacía en un rincón del salón sobre un sofá desmantelado, protegido por la penumbra, le pareció a Virgilio que mostraba un aspecto raro, como si estuviera enfermo. El tétrico rostro del abuelo, aparecía envuelto en una extraña palidez cuando, levantando la mano en un gesto lento que asemejaba un saludo, mostró bajo su pecho una grande y humedecida mancha de color granate, la cual le cubría gran parte del abdomen. Garçon ¡ - llegó a musitar – “ il faut de ne pas continuer. “
Al día siguiente, antes de salir el sol, abandonaron el refugio todos. Virgilio con la bolsa de piel de cabra repleta de billetes, los compinches, el del paraguas roto, que conducía el furgón con el herido en su interior, sentado a un lado de la trasera del vetusto cacharro.
Llegaron a un amplio cruce, un lugar desierto en dónde Virgilio y uno de los mozos, fueron obligados a apearse. El resto continuó hasta perderse entre el trasluz polvoriento del camino.
Antes de despedirse, el francés con un lento jadeo, preguntó;
---, Virgilio, - ¿te vas contento?
---, Si, respondió el jinete del percherón, mientras apretaba la abultada bolsa.
---, Si hubieras robado tan solo un saco, ahora, tendrías diez veces más...
Virgilio, con un gesto enigmático, sonrió. Hablar de honradez ¿ para qué?. ¿ No se había cruzado con mucha suerte por cierto, aquel gabacho, en la trayectoria de su tiro ?


Robert Bores Luís
P.de A. 5-12-96
De “ Mis cuentos rurales “

PILOTOS DE REACTOR

Nadie podía dudar de su reconocida técnica de vuelo. Ni tampoco de la habilidad que se mostraba tan evidente, durante su vuelo descerebrado, en un claro reto a la ley de la gravedad.
Félix, general de aviación, en la reserva a pesar de su juventud, era de la opinión, compartida por otros altos mandos, que no era posible imaginarse volar de aquel modo tan arriesgado.
Mientras seguía leyendo el diario y a la vez observando a los dos jóvenes pilotos, volvía a sentir la presión de la adrenalina que le revolvía la sangre, junto al huracán de las turbulencias, que el viento producía por sobre el fuselaje de los dos reactores.
Cuántas veces había sentido el ruidoso rumor, envuelto de precisión y de seguridad, durante los largos años en que se mantuvo en activo hasta terminar condecorado y ascendido, antes de pasar a la reserva como instructor de vuelo.
El zumbido uniforme y al mismo tiempo ensordecedor, que los pilotos Camos y Quimos, los dos experimentados aviadores, en el momento de cruzar a media alzada cerca de general, no le producían un sentimiento de envidia profesional, pues se encontraba por su reconocida profesionalidad, muy alejado de esa frustración infantil. No obstante comenzaba a sentir que, dentro del corazón, le nacía un raro y embarazoso resquemor hacia los dos osados.
El anormal proceder de esos dos únicos pilotos le producía una absoluta desaprobación personal, como también su inusual comportamiento el cual no podía aceptar, hasta el extremo de considerarlos inconscientes.
No se podía volar como lo hacían o mejor, no se debía arriesgar sin mantener presentes las normas más elementales, con la actitud por otra parte, de desprecio hacia los juiciosos observadores de tantas más arriba señaladas y supuestas heroicidades. En un espacio tan reducido, mach uno, mach dos... era una locura.
Esto no obstante, a pesar de las estrictas normas de navegación, Camos y Quimos seguían con su particular, vesanía por delante de su General, ora persiguiéndose, ora en línea recta para descender en picado, ora describiendo un lazo, para continuar enervados en un vuelo recto y horizontal, a ras de suelo. Sin transición, hacia una trayectoria semicircular, en un vuelo invertido con un “looping “ final, seguido de un movimiento alucinante, inesperado, impensable de todo punto imposible.
En tanto que, el General seguía pensando en la necesidad de una inmediata intervención, los aguerridos pilotos empezaban a entender que, al joven General, se le acababa la paciencia, que les mandaba como una proyección anímica, como un proyectil fallido, pero un proyectil en definitiva. Lo sentían con desprecio, pues el general en la reserva, ya no constaba para ellos.
Continuarían volando como lo hacían el tiempo que quisieran. Nadie los podía parar, mucho menos en un día de visibilidad absoluta. Por eso mismo, viraron los dos, en un giro inesperado y estremecedor, enfilados hacía la posición del paciente mando. Mach uno, mach dos, mach tres, ¡ ruuaam !
Camos y Quimos, en dirección contraria, uno contra el otro, saludándose en el momento de cruzar en el mismo plano, mientras en el cerebro del general hervía la risa estridente de los dos navegantes. Con desprecio hacia todo aquello que significaba o podía llegar a significar, la dignidad del general para los dos pilotos suicidas, ya no tenía ningún valor. Todo iba bien; combustible, visibilidad excelente, fuerza del viento cero, cabina estabilizada.
Mach uno, mach dos, mach tres, ¡ruuaam !. Camos delante, Quimos detrás, no llegó a entender que le sucedía al compañero. Solamente le vio descender ligeramente, como tocado, sin llegar a ver de que manera caía en picado. Delante del morro, parecido a una nube amarilla, la luz opaca de un cristal amarillo, que ya había visto un segundo antes, le cegó. Mach uno, mach dos.. ¡Crash!.
El General, harto de tanto y tanto abejorro, de vuelo amenazador y temerario, hacía un segundo que acababa de pulsar la válvula del aerosol insecticida; como, sin duda alguna hubiese hecho, cualquier otro mando responsable.

Robert Bores
P.de A. 6-09-96
De- Mis cuentos rurales-

UN ENCUENTRO DESAFORTUNADO

Desde la muerte de su muy estimado marido, la señora Luisa, no había vuelto al pueblo en donde nació hacía cincuenta años. Las tierras de la heredad las trabajaba un labrador amigo de la familia.
El labrador llamado Ernesto, un hombre de mediana edad que seguía soltero, padecía una otitis que en el transcurso de los años, a pesar de que los médicos le habían pronosticado que no era una enfermedad grave, fue perdiendo el oído hasta no conseguir oír nada.
El llamado Ernesto acostumbrado a leer los labios de todos aquellos que se le acercaban para saludarlo. respondía siempre lo mismo.
---,Buenos días Ernesto – leía en los labios – y enseguida respondía atento y educado, - igualmente los tengan ustedes. –
Una tarde del mes de Septiembre, encontrándose en la propiedad, un huerto que para complacer a la señora Luisa la propietaria, lo cuidaba como si de un jardín se tratase, se encontraba limpiando el camino, cerca de la verde higuera. Un rosal, de lado a lado, perfilaba la idílica entrada. Las margaritas crecían para lucir fragantes.
Hacía años que, la señora Luisa le pagaba un escaso sueldo, por eso pensaba en dejarle el huerto y el jardín en propiedad, pues la dedicación y entrega de aquel hortelano amable y voluntarioso, se merecía una compensación, un premio por su amor a la tierra.
Esa fidelidad del inalterable recuerdo de la melancolía producida por la ausencia de su estimado marido que como en otras ocasiones, se le hacía presente y dolorosa cada vez que su nieta, la cual seguía viviendo en el pueblo, le describía la belleza del huerto que las flores habían convertido en jardín, le preguntaba – ¿abuela, por qué no vamos al jardín -?. Hoy hace un día maravilloso. Podríamos coger un ramo de rosas para que te las lleves.. Es demasiado tarde. Hace demasiado calor... repetía la abuela con el fin de evitar los dolorosos recuerdos que, a pesar de los años, no conseguía olvidar.
Por fin en esta ocasión, la abuela, la nieta, su tía y una vecina, decidieron acercarse para conseguir unas tiernas flores. Paseando, ungidas entre los distintos perfumes de cada una, desacreditaban los aromas de la naturaleza que por fin las envolvía.
Habiendo llegado, el jardinero, que se encontraba situado bajo la frondosa higuera, alzó la cabeza mientras se enderezaba, sin conseguir leer los labios de la inesperada propietaria, la cual como saludo dijo;
---, ¡ Qué higos más tiernos ¡- sin recordar que en Septiembre, las dulces brevas, suelen abrirse.
El siempre atento jardinero, con una risa impensada contestó:
---, ¡ Igualmente las tengan ustedes !
---,¡ Mal educado ! – gritó enojada la señora Luisa – volviendo de inmediato ante la sorpresa de sus compañeras, hacia el pequeño pueblo.
El jardinero, que seguía soltero y sorprendido, en un suspiro, sólo fue capaz de decir:
---, A las mujeres... no hay quién las entienda.....

Robert Bores
P. de A. 13-12-1996
De – “Mis cuentos rurales”.-

CARPE DIEM

Marcial, poeta latino español, decía. Creedme, decir vivir no es de sabios. Mañana es demasiado tarde; ¡ vive hoy ! Esta sentencia encierra como suposición lo que sigue; ¡ tempus fugit !. Nos alecciona en el sentido de aprovechar todos y cada uno de nuestros latidos.
Podemos entender el valor de este sabio consejo, si comparamos nuestras vidas con el plácido transcurso del tiempo pasado, sin parangón con el nuestro acelerado presente.
Es bien claro que, la posibilidad de realización personal lleva incluido, un concepto de tiempo alambicado y a la vez dilatante. Pero, en el universo interdependiente en el que vivimos, correr por correr, no tiene ninguno sentido; si no pilotamos un fórmula uno. El tiempo es ajeno a nuestro concepto de edad y vida; es el que es, no el que esperamos.
Aceleración es igual a desgaste y casi siempre a avería. Ritmo vital no significa velocidad punta, bien al contrario, significa velocidad de crucero. Nuestro motor es un motor de válvulas cardíacas, con escasas posibilidades de recambio.
Aprovechar el tiempo ha de interpretarse conscientemente, sin aceleraciones extremas, sin frenazos bruscos, para conseguir vivir con serenidad. Desear ignorar la inopia de la mayoría cotidiana, encaminada a un fin exclusivo sin tener en cuenta otras prioridades vitales, es el principal motivo del recorte de la certeza.
¡ Festina lente ! dijeron los antiguos. Detengámonos cada día, aunque sea unos minutos, para extraer, de los componentes de nuestra audacia, la realidad más pura. Evitemos correr en exceso, ese exceso recurrente que en lugar de avanzarnos el reloj, conseguirá detenerlo.
Nuestra vida es una novela con un ritmo y un tiempo, el número de páginas escritas, nunca llega a ser tan determinante. Si lo hacemos así, nuestros errores de precipitación serán reducidos, nuestra vida, en gran medida, se verá enriquecida. No vale la pena correr. Las autopistas suelen terminar en caminos desiertos. Un buen consejo. Daniel Auber ,dejó escrito: “ Envejecer es la única manera de vivir mucho tiempo”
Llegados a este punto y con el debido respeto, ruego al lector que se digne leer el epigrama confidencial, escrito por un escritor que casi nadie conoce: Robert Bores y Luís.
“ Nosotros somos las saetas exactas del tiempo de la esfera de nuestra vida que mueve el relojero más inteligente. “
Pero sabe, amigo lector, cual es el mejor consejo.? Corra poco, pero créame ; no se pare nunca. Y recuerde que, la tortuga con la lentitud de su tesón, avanzó a la liebre.
Robert Bores
28-11-1996

EL ENTUSIASMO POR EL TRABAJO

Es la historia de un hombre, de un bedel de una importante empresa química. Cada mañana recogía el correo, lo clasificaba y lo entregaba en Dirección. Regresaba a Recepción y tomaba su primer café. Por la tarde se tomaba otro.
Por la mañana, alrededor de las diez horas llegaba el Director, un apuesto joven treinta añero, de incisiva mirada gris, apuesto y elegante, de andar resolutivo y ademán triunfador. Llevaba cinco años ocupando el cargo.
El recepcionista, al verle llegar, después de saludarle, decía a la telefonista de Recepción. ¡ Ese sí que gana dinero !. La joven y morena empleada, lanzaba así, su primer suspiro matutino.
La ambulancia, inesperadamente, llegó una calurosa tarde. Ante la impertinencia de la estridente sirena, el ujier, para facilitar el paso de la larga camilla, abrió de extremo a extremo la puerta de cristal de la espaciosa entrada. Un médico, seguido por sus dos camilleros, subieron y bajaron del tercer piso en donde estaba situada la planta de Dirección, y con extrema rapidez, introdujeron en la ambulancia el cuerpo del joven; Director de las áreas industrial, farmacia, y cosmética.
La sirena sonó de nuevo, en tanto que la blanca ambulancia, se alejaba abriéndose paso entre motos y coches.
El bedel, con un historial de treinta largos años en el mismo puesto, movió la cucharilla hasta endulzar, su acostumbrada segunda taza de café. Para entonces ya había vuelto a cerrar la amplia puerta de cristal. Luego, al ver a la telefonista llorar desconsoladamente, exclamó :¡ Esta Empresa !
Un minuto más tarde, con una actitud más pensativa, añadió: ¡ Si no fuera por mí !

Robert Bores y Luís
P. de A. 8-01-2004

domingo, junio 29, 2008

¿ HABLAMOS DE ZORROS ?

El hombre, en aras de magnificar su deslumbrante capacidad de sugestión, ha procurado semejarse al zorro. El raposo, sólo por que el hombre lo ha establecido así, se ha convertido – y solamente para el hombre – en el símbolo de la astucia. Afortunadamente no es más que otro nuevo símbolo,-valga la repetición - de una inacabable simbología aberrante.
La astucia del zorro no es más que una vaga referencia . Es astuto como un zorro, hemos oído decir reiteradamente. Astuto como un zorro ? Como un zorro de las fábulas de Esopo ?
Durante muchos años fui cazador. Dejé de cazar después de que, un día, convencido de que marraría el tiro, destrocé sin apuntar, un gordito gorrión posado en la rama de un manzano recién plantado, de escaso medio metro de altura.
Zancajeando por horcajos y portillos de la montaña, descendí desencantado al almendrar. Una vez allí, debajo de un almendro, medio bañado por el ardiente sol del medio día, se me hizo presente un joven raposo; perdido y exhausto. Caído a mis pies y deshidratado, no parecía herido pero sí muerto de sed. Abatido como estaba, ni siquiera intentó moverse. Al no dispararle pude compensar, aquel nefasto e indeseado, vil asesinato anterior.
Cuando lo encontré iba en dirección contraria a la situación de una balsa, la cual sobre la verde y pujante hierba, no cesaba de borbotear agua por una de sus esquinas. Cercano a la refrescante sombra de un nogal, reposé más tarde. Cuando descubrí al animal, el agua, manaba a menos de cincuenta metros por detrás de él, a veinte metros a la derecha de la derrotada vulpecula.
Esa bestia no tenía absolutamente nada de astuta. Si no hubiera yo saciado su sed hubiese definitivamente perecido; sin cazadores a su alrededor.
Para la zorra es fácil cazar una gallina – la gallina no vuela – lo más difícil es abrir un hueco en la red metálica del gallinero. Es bien cierto que no había gallinas bajo los almendros pero sí conejos, perdices, ratones, palomas y un basurero próximo con las gruesas pisadas del jabalí. Este zorro, este al menos, tenía la sutileza de su astucia de tras de sus puntiagudas orejas, es decir; ninguna.
Igual que el raposo, el humano llamado astuto, también es incapaz de emplear su capacidad depredadora para agarrar la ocasión por los pelos, si no está dentro de su territorio de caza, léase de mangoneo. Lo peor del supuesto astuto consiste en, querer ignorar la agudeza de sus supuestas victimas, su sagacidad, las cuales le descubren sin remisión, por su falta de ética. Y si en algún caso se tratara de cuadrar números para qué les cuento. Lo que algunos llaman astucia no es más que oportunismo. La astucia así, desnuda, no existe.
Contra lo que normalmente se acepta, la astucia, no es una forma de aplicar la inteligencia, ni un particular ejercicio de ingenio. Si prescindimos de la ética, basta solamente la decisión de urdir una – o bien varias tácticas aviesas – y nada más que aviesas, dirigidas a la obtención del objetivo. En este supuesto, la astucia, va dirigida a materializar el engaño. No hay sutileza en este proceder, más bien dolo.
El más ignorante, inculto y necio, si se lo propone, es capaz de acechar, si emplea una táctica ominosa. Se trata pues de sorprender – mejor – traicionar la confianza del otro. Fuera de la Ley o dentro de ella. En este caso la astucia significa subterfugio, escapatoria. Estas dos condiciones no integran en sí ningún tipo de sutileza; zafiedad si acaso.
En nuestra Historia tenemos personajes que fueron sagaces. Unos, lo fueron al huir de las calamidades, del peligro inminente, como salvaguarda de su vida o de su amenazada libertad, por zafarse de la fuerza y de la tiranía. Si mataron, lo hicieron en defensa de su vida, no para subyugar a los individuos de su grupo o comunidad. Por esta razón, cuando los fuertes se unieron a los más fuertes, nacieron las religiones.
Por esta misma razón, ingenuo será aquel que, confiando en la supuesta ética de su interlocutor – ahora enemigo – sacrifica su libertad, su propia ética, en beneficio de otro. Los astutos no lo son tanto como ampara su definición, a pesar de que haya quien les considere triunfadores – negocian siempre con la necesidad – en su beneficio exclusivo. La astucia, en múltiples ocasiones, no es más que pura inmoralidad, un conjunto de actos ominosos. Los astutos, en igualdad de condiciones no juegan nunca, lo cual a veces, les convierte en sagaces.
Pero otra cosa es, planificar una estrategia efectiva, profesional y ética, encaminada a la obtención de un marco social, de claros beneficios sociales lo cual, a pesar todo, no evitará los bienes particulares en gran medida.
Si la astucia, tanto cuánto algunos la defienden fuera una virtud, ahora mismo la humanidad, debería ser muy virtuosa. “ Ad aperturam libri “


Robert Bores
P.de A. 28-6-97

EL VIERNES, NIEVE

La nieve seguía cubriendo la tierra. Las calles de Pontematus, pueblecito de montaña, seguían desiertas. Desde la buhardilla de su casona, dominando el amplio patio de la escuela y la casa de su vecino al otro extremo, una casa de una sola planta de muros de piedra y rojo tejado, Sebastián venía observando la actividad de su vecino Marco.
Marco, enfermo de un riñón aparecía a diario ante los ojos del alguacil mientras llenaba de nieve un capazo, para seguidamente ascender por una escalera de mano, desde la terraza hasta el depósito del agua en donde, con mucha dificultad lo depositaba.
El sorprendido alguacil, ante la rara e inacabable tarea del vecino, llegó a preguntarse cien veces la razón por la cual el enfermo de riñón efectuaba tan innecesario esfuerzo. Un esfuerzo que a todas luces, tenía que resultarle de una dureza extrema. La nieve seguía cayendo sobre Pontematus, sin que por ello, cesara la actividad ni el trajín del consabido vecino.
El extraño proceder se había iniciado a finales del mes de Diciembre, en días festivos y muy ociosos y el alguacil Sebastián, empleado del Ayuntamiento por más señas, no entendía aquella tan repentina afición por la nieve. Y no la entendía porque sabía que Pontematus, no padecía escasez de agua ni sequía de ningún tipo. Sobre todo porque la red de distribución de agua potable, era una de sus múltiples obligaciones de servicios de mantenimiento. Esta era la cuestión.
Mientras la curiosidad del semioculto buhardillero aumentaba, decidió conocer, si es que existía, el motivo del forcejeo de capazo y nieve. A este intento de investigación se unió el ferviente deseo de descubrir, y no a través del ejecutante, el motivo del inadecuado proceder de este.
La tarea se le antojaba fácil. Puestos a saber, qué es lo que no se sabe en un pueblo tan pequeño.? Esta misma mañana había admitido esta certeza. Luego del paseo matutino, desde el Ayuntamiento hasta el depósito general del agua, los contenedores de basura, cartón y vidrio, la visita a la panadería, - para que su esposa no se molestara en pisar la nieve – la pancarta colgada en la Plaza Mayor anunciando el partido de fútbol del domingo, como así mismo el anuncio de la Procesión de Cristo para la noche del sábado. Todo ello sin espectadores, pues las calles seguían desiertas durante el recorrido, lo cual no suponía ningún obstáculo para que su ya citada esposa, le recitara todo el trayecto al llegar la hora del almuerzo; sin ella salir de casa.
Después de almorzar, en el Café de la Cooperativa único lugar de reunión de la mayoría de los bigardos, volvió el funcionario a su pesquisas. Dentro del local, debajo de la pantalla de la televisión colgada de una plataforma adosada al muro, en una mesa esquinada, un numeroso grupo luchaba en un intento por jugar al mus. El griterío y los improperios de los que formaban pareja atronaba el local; se supone por los errores cometidos en el juego.
Imposible poder entablar una conversación desapasionada. Decidió volver al Ayuntamiento, un edificio grisáceo semejante a una fortaleza, levantado en la margen del río detrás del cual, excepto los huertos, las escasas edificaciones existentes, se mostraban igualmente grises. Desde la altura del Paseo de la Iglesia, pudo ver a otro hielero, esforzado en la rara ocupación del traspaso de la nieve hasta su elevado depósito del agua. Qué imperiosa y desconocida razón obligaba a aquellos convecinos - con el frío que hacía - a efectuar ese raro proceder ? – se preguntó de nuevo.-
Decidido a descubrir la causa, se acercó a la Oficina de Correos, un cuartucho miserable de apenas tres metros cuadrados, repleto de paquetes y papelotes.
---, ¿Qué pasa ?- quiso saber el cartero – No me digas que no hay agua.
---, Ya ves, con tanta nieve.
---, Pues por eso. Dos he visto, empecinados en llenar de nieve sus depósitos de agua, terminó por decir Juanjo, el cartero, que acababa de repartir casi toda la escasa correspondencia del día.
---, Y qué te han dicho ? – el alguacil –
---, No, si no he hablado con ellos.
---. Se me hace muy raro. ¿Habrán perdido la cabeza ?
---, Pues ahora que lo dices, al menos Marco, sí.
---, Pues anda, con el riñón que tiene...Por cierto, tengo un certificado para él.
---, Espera, voy y le pregunto.
En tanto que Sebastián esperaba pacientemente el regreso de Juanjo, se acercó este a la vivienda de Marco.
---, Marco López, don Marco – gritó como de costumbre – un certificado.
---, Qué hay – desde el tejado –
---, Certificado. Certificado de Tarragona.
---, Aparta – desde arriba – que baja el capazo...
Una vez hubo descendido Marco del techo, preguntó Luís:
---, No hay agua o qué ?
---, Agua, toda la que quieras.
---, Lo digo porque, como veo que llenas el depósito de nieve...
---, Claro hombre, es mejor que esa porquería de cloro que no es nada bueno.
---, Y la nieve sí – inquirió el cartero -.
---, Vaya un cartero que sabe leer, y desconoce que la nieve es un depurativo .
---, Depurativo. Quién te lo ha dicho ?
---, Quién me lo va a decir, pues el médico.
---, De verdad te lo ha dicho el médico.?
---, Se lo dijo a la Dolores, la del Pepe. Ella también sufre del riñón.
El cartero recordó que efectivamente, Pepe, también usó el capazo, pero recordó que lo del depurativo se lo dijo el guasón del practicante; no el Doctor.
Cuando regresó a Correos, Sebastián, se había ido. Pero el día siguiente, el alguacil que seguía con su particular investigación, dio en pasar por delante del domicilio del cartero y cual no sería su sorpresa, al verle arriba y abajo cargado con el capazo de nieve:
---, Pero bueno, os habéis vuelto todos locos.?
---, Lo ha dicho el médico, chico, la nieve es un depurativo excelente.
---,El médico? No habrá sido el practicante ? quién por cierto, es un guasón...terminó por reír Sebastián.
---,Cuándo lo dijo ?
--- Pues, el, el, pasado viernes
--, El viernes, el día 28, de Diciembre ?
--, Exactamente si, el día 28, - por la mañana –fue capaz de añadir el cartero.
---,Ya me parecía a mí, pensó el alguacil, quién de sobras conocía al guasón del practicante.
Y seguidamente, sin decir ni hasta luego, se alejó riendo como hace un niño travieso, como si hubiera roto de una inocente pedrada el cristal olvidado de una vieja ventana de un viejo corral. El 28 de Diciembre era el Día de los Inocentes.
Desde la cercana lejanía ¡¡ INOCENTES !! le pareció oír al cartero.


Robert Bores
P.de A. 11-2-97.
( Mis cuentos rurales )

OBSESIÓN VERDE

Se había perdido en el paisaje. En una nebulosa del paisaje. Su cuerpo diminuto, ante el inacabable lago que le nacía en los pies, permaneció asombrado.
La cenagosa laguna de agua verde, espesa, reluciente y al mismo tiempo oscura, con ondulaciones magnéticas, arrastrando la superficie como una barrera de frente pegajoso, continuado y muy persistente. Un oleaje capaz de tragárselo todo.
La superficie es verde con un fondo casi negro. Cuando se agita desde el fondo se agita toda ella, como una gigantesca burbuja gomosa, desde el primer impulso.
El flujo, luego de difundirse atornasolado, termina en un verde amarillento. Sobre este amarillo humoso, no se aguantan los pájaros ni las libélulas, como tampoco las moscas ni los mosquitos, y todavía menos las mariposas.
El enano inconsciente, clava una larga caña dentro de la amarilla superficie, como un intento de experimentación. Luego de intentar sacarla, permanece derecha, rodeada de un verde pegajoso, para poco más tarde, hundirse en un crac- crac seco, duro, hasta desaparecer.
El enano nada más oye el silencio, un silencio sonoro, alucinante, casi verde. Le envuelve hasta hacerle comprender que se encuentra solo. Pero piensa que no debe de ser verdad.
Retorna a su casa. El verde de las cortinas del salón, le recuerda el otro verde. Aquel verde amarillento. Con ese inesperado recuerdo decide volver al lago verde, sumergido en la penumbra del verano, el verano de fuera, aquel que recuerda la hierba verde de su jardín, detrás de las ventanas, y retorna al lago, a aquel extraño lugar en donde se había convertido en un pequeño punto.
Clava una larga caña de nuevo. Se embadurna detrás de ella, ante la boca bivalva y viscosa de un sapo gigante, grosero, especializado en trocear enanos.
El enano ve su cara reflejada en los globos de los ojos sobresalientes. El había creído que, aquellos ojos esféricos eran verdes, como su obsesión, pero demasiado tarde, descubrió que eran irisados en un tono ocre. El bípedo se volvió verde, de miedo. La boca de gigantesco sapo verde, roja .De sangre.
Por la noche, el agua del lago se vuelve como una piel, una corteza estática, que tapará con su mantel verde. El enano no llegará a saberlo, no obstante, haberlo pensado antes.


Robert Bores
P.de A. 22-11-1996
De “Mis cuentos rurales “

ZOAR, EL OJO QUE VUELA

Zahorin, el esclavo que se enamoró de Zaida la hija de Abbas, perseguido por los hombres más fieles del jeque, en un intento desesperado por salvar su triste vida, llevaba cinco días y cinco noches perdido en la inmensidad del desierto.
Zoar, la joven águila, surcaba el espeso aire sobre la cabeza de su amo, con un balanceo lento, majestuoso, sin apenas aleteo. Abajo sobre una roca, Zahorin le seguía con los ojos enrojecidos por un sol irrefragable, mientras esperaba su vuelo en picado. Pero Zoar no descendía. Deben de estar muy cerca – se decía – pensando en sus perseguidores., eso es lo que intenta decirme Zoar; por eso no desciende.
Por dos veces, los soldados de Abbas estuvieron muy cerca de capturarle, más Zoar, el ojo que vuela, le había advertido con su chillido desde lo alto. Ahora, los jerifes, que no cesaban en su acoso, estaban cerca de conseguirlo de nuevo. Debía abandonar las rocas, pues ese iba a ser el lugar en donde aquellos le buscarían.
Tres días antes, se había visto obligado a sacrificar el camello, robado de las cuadras del rico jeque, para sorber los jugos del estómago de la noble bestia, hasta apagar la sed que hervía inclusa en su cerebro. Luego, recortó con la daga parte de la piel del sufrido animal, para confeccionar dos mocasines, los cuales anudó a sus hinchados tobillos, con tiras de la misma piel. La grasienta superficie, consiguió aliviarle el ardiente dolor que sufría en los pies.
Luego de enterrar al camello tanto como pudo, se alejó del cadáver pisando con extrema suavidad sobre la candente arena con los pies protegidos por la lanosa piel, con el único fin de borrar sus recientes huellas.
Un resto de las jifas y huesos de las costillas los enterró más adelante, dejando descubiertas parte de ellas, para que se pudrieran bajo el sol abrasador. Seguidamente depositó, sobre los huesos, la mitad de su largo turbante, en un último intento de la simulación de su propia muerte. Retrocedió hasta donde terminaba el rastro del camello, para regresar a un centenar de metros de las cercanas rocas, en donde borró todas las huellas. Después se enterró, dentro de un amplio hueco, entre la ardiente arena.
Horas más tarde, los perseguidores habían encontrado el camello enterrado. Sus negras siluetas, desfiguradas bien que recortadas sobre la duna más cercana al camuflado y provisional escondite, no cesaban de aproximarse a la roca desde donde horas antes, Zahorin seguía observando a Zoar. El águila oteando desde la altura, dejó escapar su agudo chillido, el cual obligó a levantar la cabeza a los perseguidores. Estos, convencidos de la proximidad del huido, siguieron atentamente la derrota del vuelo huidizo del ave, atalayando desde la altura de sus camellos, por debajo del amplio círculo del vuelo sobre el agrisado y ya frío desierto. Si el águila está aquí, él está aquí, muy cerca de aquí, pensaron los perseguidores.
Zahorin, sumergido en la todavía agobiante arena, seguía observando el zigzagueo de los siete jinetes, a lo lejos, frente a su nublados ojos. Uno se separó del grupo, descendió de la cabalgadura y escudriñó el cálido perfil arenoso..De inmediato enfiló hacia la posición del desconocido escondite. Entretanto el grupo de jinetes, seguía bajo los círculos que el águila describía desde un cielo donde las estrellas se asomaban al azul. El ave rapaz, con un vuelo lento, como si hubiera de intuir el instintivo peligro de la situación, no cesaba de alejarse más y más de las rocas, hasta desaparecer tras el perfil sinuoso de las dunas más lejanas.
El rastreador separado del grupo, envuelto entre un brusco oreo de haces polvorientos de escasa luz, llegó hasta dar con el camello enterrado. Hurgó la descompuesta tierra con la punta de su cimitarra, hasta despegar el turbante de entre los restos putrefactos, en un intento por hallar el moreno cuerpo del perseguido. De inmediato, el olor nauseabundo que aquellos desprendían, le obligaron a desistir.
El perseguido que seguía inmerso en la arena, luego de un nuevo intento por ver, lanzó una larga exhalación mientras sentía la sangre fluir en su cabeza y se detenía en ella en un sopor interminable. Debía seguir esperando a que llegara la fría noche que la proximidad del ocaso le anunciaba. Zoar había desaparecido entre azules y rojos irisados.
Su más cercano perseguidor, luego de rastrear las escasas huellas, entablilló las patas delanteras de su cabalgadura y, obligando al animal a sentarse, se desprendió del tahali para acomodarse a la escasa sombra del camello, cercano donde Zahorin se ocultaba.
Este, entre las sombras perentorias, con la cautela del felino asesino, calibrando la más mínima posibilidad de error, presto para asestar a la cercana víctima la dentellada mortal, se arrastró lentamente y se incorporó esgrimiendo la mortífera daga en su mano, en el helado silencio que la tensión ampara, propiciando el trallazo de la mortal mordedura de la serpiente, cuando el bereber, tirando del turbante que cubría su cabeza, soltó inesperadamente su larga y negra cabellera.
¡ Zaida !
¡ Zahorin ! – se oyó - en un contenido y jubiloso grito
Mi padre me obligó a venir - habló Zaida temblorosa – para que presenciara tu muerte en este maldito e interminable desierto.
Desde el estrellado cielo, un chillido estridente, les obligó a levantar los ojos hacia arriba. Zoar, la joven águila, descendía en un velocísimo picado.
Cruzó por sobre la pareja, para terminar su raudo vuelo en circulo, en un balanceo lento, majestuoso, sin aleteo apenas.


Robert Bores
P.de A 24-06-2008

UN TUERTO, UN DESCONOCIDO, UN BURRO

Una tranquila mañana que, se llenaba de la tibia dignidad del sol, gozando complacido en su deber cotidiano, un hortelano llamado el Valiente, trabajaba en su huerta cercana a una estrecha carretera, en las afueras del pueblo.
El eco del estrecho tubo de escape del motor de la motocicleta de Luis, un muchachote tuerto residente en el ya mencionado y cercano pueblo, atrajo su atención. Levanto la cabeza al tiempo de oír la voz que le gritaba.
---¡ Valiente ! ¡ te van a robar los melones.! ¡ Vigila !
--- No lo creas - respondió el Valiente-. No van a poder robármelos.
---,Ya verás como sí...se oyó entre el petardeo del silenciador de la moto que se alejaba lentamente hasta desaparecer.
El Valiente, que desde hacía algún tiempo, sospechaba de la reiterada presencia del tuerto, fue consciente ahora de la posibilidad de sufrir un robo. Al día siguiente, a la misma hora, la huerta se despertó con el ruidoso eco de la máquina, la cual nuevamente conducía el tuerto.
--,Valiente, te quitarán los melones – volvía a repetir-
Tanta insistencia por parte del muchacho, llevó al Valiente, a apostarse en su barraca, con la firme decisión de evitar el expolio y detener al insospechado ratero o bien a los insospechados rateros. Así, convencido de que, aunque el ladronzuelo no podía de ninguna manera ser el tuerto, con escopeta y manta, montó la guardia en el melonar.
La tercera noche, una noche de luna clara, se le hizo presente un extraño visitante, el cual cabalgaba un asno, equipado de alforja a banda y banda.
--, ¡ Alto ! - quién sois - gritó el Valiente al tiempo de encarar la escopeta.
--, Me he perdido, estoy perdido, hizo por fingir el caballero, amparado en la oscuridad de la noche.
--, Hacia dónde os dirigís – tronó de nuevo – la recia voz del Valiente.
--, Voy hacía el pueblo, respondió más tranquila, la voz del recién llegado.
--,Ah, bueno...seguidme.. ordenó el dueño del lamedal con una mal disimulada impaciencia.
Tras la espalda del escamado guardián, anduvo el pollino portando al desconocido en su estrecho lomo. Llegados a la carretera, encendió el hombre del borrico un cigarrillo mientras la llama relució un largo instante. El Valiente, que seguía delante, descubrió un continuado reflejo, pero al volverse, no fue capaz de descubrir los rasgos de la fisonomía del desmañado jinete. Pero el reflejo no terminaba de cerrarse en la cabeza del Valiente. Bueno, dos reflejos, un reflejo, ¡ qué más da ! terminó por pensar.
---,Seguid derecho -siguió hablando el Valiente -.girad a la izquierda y el camino, os llevará al pueblo.
---Gracias, muchas gracias. Qué suerte he tenido de encontraros. Por cierto – preguntó el perdido – en un intento colmado de solercia para alargar la conversación con un claro deseo por ganar más tiempo - ¿ qué hacéis en la propiedad a estas horas -?.
---,Vigilar los melones – ronzó el Valiente - en un tono que sonó rayano en el enfado. Váyase de una vez, que... tengo frío...
El supuesto extraviado, siguió la carretera y, luego de observar como el hortense desaparecía en la penumbra, giró a su derecha y fustigando al solípedo, se adentró en un bosquecillo próximo.
En ese mismo instante, se desató el murmullo jocoso y bien contenido de sus compinches, los cuales de forma diligente, colmaron de melones las alforjas del asno. En su solapada huída, la noche; los tragó.
El Valiente, sin reponerse aún, de la sorpresa que le había causado la aparición de aquel extraño personaje, sin sospechar el robo tan siquiera, se metió en la cabaña y luego de saborear un trago de seco vino tinto, se acostó.
Por la mañana, sonó el petardeo de otras veces... seguido del seco y breve estruendo de un cartucho.
El bizco sigue vive de milagro. A punto estuvo de quedarse ciego.


Robert Bores Luís
P.de A. 17-10-97
De, (Mis cuentos rurales.)

lunes, junio 16, 2008

LA SUERTE DE LOS OTROS

Un veterinario que volvía de la Feria, sin ninguna intención por hacer camino, a la salida de un pequeño pueblo, se detuvo en la Fonda. Un granjero, criador de una numerosa piara de cerdos, se acercó a la mesa, donde el veterinario, indiferente y sólo, tomaba su café.
---, Escúcheme, le sorprendió. Quiero decirle que le estoy muy agradecido por haber salvado de la epidemia mi granja de cerdos. Ha salvado usted mi patrimonio, mi familia, incluida mi honradez. Quiero darle las gracias.
El veterinario, sorprendido por el agradecimiento que, por segunda vez, le mostraba el granjero manifestó que, lo que había hecho no tenía ningún mérito, pues a parte de otras consideraciones, era su trabajo.
---, De acuerdo. Si deseáis aceptarlo con esta naturalidad, ya me está bien. Pero os lo quiero agradecer. Tomad lo que deseéis, que pago yo.
---, No hace ninguna falta – habló el sorprendido veterinario – De todo el pueblo nada más vos sentís agradecimiento, los otros no han tenido tanta suerte.
---, Dejad a tranquilos a los demás. El que os debe agradecimiento soy yo.
---,Yo también os doy las gracias- hubo de responder el veterinario-
---, De ninguna manera, - insistió el propietario de la porqueriza -; os quiero hacer un presente.
---, ¿ Un presente ?
---, Es lo menos que puedo hacer...
---, No hace falta hombre. No os lo toméis tan a pecho.
---, Mire, siguió aquel peculiar campesino, yo soy viejo y hace muchos años que padezco del corazón, y...todavía...tengo... otro problema .
---, No sufra que vivirá más de cien años, siguió bien amable el sanador.
---, Que Dios os escuche. Vos si que sois joven y estáis bien sano.
---,Por cierto, preguntó el técnico ¿ qué problema tenéis?
---, Es un problema que nunca en mi vida había pensado que podía padecer, medio rió el otro. Y de inmediato, con un acercamiento intencionado y malicioso le preguntó.¿Qué haríais su os hubieran tocado dos cientos millones de pesetas.?
---, El joven veterinario, con una risa desbocada, observando la mirada de complicidad del granjero, no sin esfuerzo, intentaba descifrar el propósito de tan extraña interrogación. Luego de un segundo, con un tiento desmesurado para no herir la sensibilidad de su inefable interlocutor, fue capaz de responder: la mitad os la cedería a vos.
---,Eso mismo he pensado yo. El pasado viernes me tocaron. A continuación le alargó un papel que se había sacado del bolsillo diciendo: aquí tenéis un talón de cien millones de pesetas.
El veterinario que despreocupado, sorbía el último trago de café, lanzó un soplo hacia delante, y se quedó inmóvil.
A veces, la suerte de los otros, resulta ser una dramática desgracia.
Ante semejante e inesperada circunstancia, el dadivoso granjero, se hizo cargo de las costosas exequias, eso sí.

Robert Bores Luís
P. de A. – T -15-06-2008

DOS COPITAS DE ANÍS

Como de costumbre, madrugado precipitadamente del refugio para pedir su copa de anís, Juan se acercó a la barra. Luego de un momento de serena impaciencia, el camarero sustituto del dueño por un día, le acercó lo deseado. El citado Juan, que gozaba de una fama de persona informal y se le conocía por su avidez por disfrutar inmediatamente de cualquier cosa, en tanto que el atareado camarero iba y venía de uno a otro lado, lanzó una mosca viva, que ocasionalmente volaba sobre la transparente copa, dentro de la citada.
Al momento, mostrándose enfurecido, favoreciendo el tumulto desbordado de los presentes, le hizo llegar al joven camarero, su simulada y a la vez razonada queja. Este, notablemente sorprendido y pidiendo disculpas, procedió no sin una dudosa convicción, al cambio de la copa de anís. Sin retirar la copa con la ennegrecida mosca.
El descarado, un aprovechado de aúpa, se metió de golpe la copa al cogote, sacó la mosca de la otra copita, y con un movimiento estudiado y rápido, se tragó el contenido de un golpe todavía más seco.
A continuación, con un gesto colmado de suficiencia, de un jarro de agua cercano a su lugar, colmó la ya vacía copa del repugnante insecto.
En un impreciso instante, otro joven que también pidió una copa de anís, llevado seguramente por una biológica necesidad imperiosa, que no le permitió detenerse, se dirigía al “meódromo”, al parecer una estancia poco aseada, según se desprendió de la actitud que se reflejaba en la cara del usuario, en el momento de regresar a la barra.
La copita solicitada la había depositado discretamente, el ya nombrado Juan. Sin pensárselo dos veces, no obstante haber olido el contenido del blanco cristal, el recién llegado, lo tragó de golpe. ¡ Agua ¡ Esto es agua- gritó.
El camarero, obligado a disculparse de nuevo, aunque confundido, llenó con diligencia una nueva copa. ¿ Cuánto es ? – preguntó “ un poco mosca “ el parroquiano.---,
Nada, se disculpó el camarero- Hoy invita la casa...
Seguidamente Juan, cuando el desconfiado cliente hizo intención de salir, le siguió y golpeando con suavidad su espalda, casi le arrastró hasta la calle.
¿ Qué ha pasado ?- dijo simulando un desmedido interés.-
Pues que me ha servido agua.
No se lo tenga en cuenta, ese camarero es un chico muy simpático.
Despistado si que lo es, respondió el otro.
Pues mira ahora que lo dices tengo que darte la razón; es un buen principiante.
Novato si que es. Seguramente más que yo mismo.
¿ Quieres decir ?- respondió Juan – en un intento por disimular su irónica risa.
¡ Vaya par de jamelgos ! - se oyó desde la barra –

Robert Bores Luís
P.de A. 7-11-l997